EL DEBATE Y EL PUNTERO

EL DEBATE Y EL PUNTERO

Temas Centrales
Miguel Tirado Rasso
24-05-2018

¿En qué medida los debates impactan en el ánimo de los electores respecto a sus preferencias?

No mucho, y esta realidad choca contra las expectativas que, inevitablemente, se crean en torno a la celebración de estos encuentros, al suponer que el resultado habrá de mover las preferencias electorales, lo que difícilmente sucede. En realidad estos ejercicios ayudan a la definición de indecisos, pero no a la conversión del voto.

Pero los debates tienen importancia porque permiten la exposición de los candidatos ante grandes audiencias a través de los medios electrónicos y, ahora, también vía las redes sociales. Una posibilidad para los participantes de mostrar sus habilidades, conocimientos, capacidad de reacción, lenguaje corporal, energía, carácter, etc. Y, por supuesto, oportunidad para los espectadores de conocer a los candidatos y poder contrastar el desempeño de sus favoritos, en su caso.

En nuestro país, antes del proceso electoral actual, se han celebrado siete debates. El primero, en 1994, fue significativo, por la circunstancia política que vivía el país, tras el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio. Un ensayo novedoso en nuestro proceso electoral que aprovechó bien el candidato del PAN, Diego Fernández de Cevallos, buen polemista, que le permitió repuntar 14 puntos en las encuestas a costa de sus contrincantes, los candidatos del PRI, Ernesto Zedillo, y del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas, aunque no le alcanzó para ganar la elección presidencial.

Los otros seis debates correspondieron a los procesos electorales de 2000, 2006 y 2012. Dos encuentros en cada proceso, sin que en ninguno de estos casos hubiera habido un impacto, ni siquiera para destacar, en el repunte de votos a favor de alguno de los candidatos, como sucedió en el debate de 1994. Estos encuentros cumplieron su función promocional, sin mayores consecuencias en el ánimo de un electorado que los vio con sus preferencias ya definidas.

La experiencia de los debates presidenciales en nuestro país ha sido poco memorable. Nada espectacular, salvo el primero que, como lo señalamos, además de por la novedad del encuentro, fue de destacar el desempeño de uno de los participantes. En términos generales, estos ejercicios han pasado sin mayor trascendencia, con formatos, poco atractivos, que difícilmente capturaron la atención del espectador.

En esta ocasión, sin embargo, la autoridad electoral se preocupó por buscar un diseño más ágil y flexible, contra la rigidez que habían caracterizado a los debates anteriores, además de programar tres, en lugar de dos. Los cambios han permitido que los candidatos se desenvuelvan mejor, que interactúen, que haya interpelaciones, más movilidad en el manejo de las cámaras y sus enfoques (aunque hayan fallado esta vez en la toma más importante), que los moderadores cuestionen a los candidatos  y hasta que haya público presente que formule preguntas, como sucedió en el debate del domingo pasado.

Pero independientemente de las innovaciones en los formatos que, desde luego, se busca hacerlos más interesantes y atractivos, lo determinante son los protagonistas, los candidatos presidenciales que son quienes están a prueba de la audiencia y quiénes son los sujetos a calificar.

La participación de los candidatos en estos ejercicios es un requisito legal, lo que supone, un compromiso que debiera asumirse con seriedad y profesionalismo. Esto significa preparar su presentación, ensayar y practicar, estudiar los temas del encuentro y contar con las respuestas y propuestas a los cuestionamientos que se les lleguen a formular. A fin de cuentas, se trata de exponer los planes y programas que pretenden aplicar para dirigir los destinos del país. Las herramientas, los recursos, las fórmulas con las que consideran  enfrentar los problemas que afectan a la Nación. Los qué y los cómo, porque el reto no es menor.

Pero en este segundo debate, vimos a un candidato que, por no sentirse cómodo en estos encuentros, no creer en ellos y considerarlos un riesgo a su condición de ventaja, más que una oportunidad para afianzarla (“el debate es para atacarme, estamos 25 puntos arriba y están pensando en que me van a remontar, eso no va a pasar,” ha dicho), no le preocupa hacer evidente su menosprecio a estos ejercicios, con un comportamiento que le falta el respeto a la audiencia, a la autoridad y a sus contrincantes. De antemano, ya sabes quién, había mostrado su desdén a los debates cuando en el primero declaró que prefería ayudar a su hijo a coleccionar estampas para el mundial de futbol, en lugar de ensayar y conocer los detalles y características del formato del debate.

El domingo pasado, el candidato de Morena dejó en claro que entre sus prioridades no estaba tener una participación digna y seria en este ejercicio, que para él no tiene ninguna relevancia y al que asistió por mero trámite. Su falta de interés y de preparación fue evidente. Ignoró las preguntas que se le formularon, evadió las respuestas, jugó con los tiempos, evitó comprometerse, mostró ignorancia e indiferencia en los temas tratados y nulo interés en exponer propuestas serias.

Le apostó a las ocurrencias, y se escudó en su ya conocido simplismo retórico de atribuir todos los males a la mafia del poder y como fórmula de solución a todos los problemas, la magia de su  honestidad.

Sin pretender caer en la solemnidad, me parece que a este candidato se le pasó la mano, porque la dignidad del cargo al que aspira merece un poco más de respeto.

Y es que dice que ya ganó…

 

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