LEON TROSKY ES ENVIADO AL EXILIO YU SE REFUGIA EN MEXICO

LEON TROSKY ES ENVIADO AL EXILIO YU SE REFUGIA EN MEXICO

Hoy en la Historia | 10 ENERO 1928

Mientras escribo estas líneas con la madre de León Sedov a mi lado, continúan llegando de distintos países los telegramas de condolencia. Y para nosotros cada telegrama suscita la misma pregunta aterradora: “¿será posible que nuestros amigos de Francia, Holanda, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Sudáfrica y acá en México acepten como consumado el hecho de que Sedov ya no existe?” Cada telegrama es una nueva señal de que él murió, pero nosotros aún no lo podemos creer. Y no es sólo porque fue nuestro hijo, fiel, abnegado, amante, sino, y sobre todas las cosas, porque él, más que nadie en la tierra, se había convertido en parte de nuestra vida, entrelazado con todas sus raíces, nuestro camarada partidario, nuestro colaborador, nuestro guardián, nuestro consejero, nuestro amigo.

De aquella generación más vieja, en cuyas filas ingresamos, hacia el final del siglo pasado, camino a la revolución, todos, sin excepción, han sido barridos de la faz de la tierra. Aquello que no lograron las condenas a trabajos forzados y los duros exilios zaristas, las penurias de la emigración, la Guerra Civil y la peste, en los últimos años lo ha logrado Stalin, el peor azote que castigó jamás a la revolución. Después de haber destruido a la generación más vieja, se destruyó también al mejor sector de la siguiente, o sea, la generación que despertó en 1917 y que se fogueó en los veinticuatro ejércitos del frente revolucionario. También se pisoteó y anuló a lo mejor de la juventud, los contemporáneos de León. El mismo sobrevivió por un milagro, debido a que nos acompañó al exilio y luego a Turquía. Durante los años de nuestra última emigración hicimos nuevos amigos, muchos de los cuales han penetrado íntimamente en nuestras vidas, convirtiéndose prácticamente en miembros de nuestra familia. Pero a todos ellos los conocimos por primera vez en estos últimos años, cuando ya la vejez se nos venía encima. León era el único que nos conoció cuando éramos jóvenes; él formó parte de nuestras vidas desde el primerísimo momento de su nacimiento. A pesar de su juventud parecía nuestro contemporáneo. Junto con nosotros pasó por nuestra segunda emigración: Viena, Zurich, París, Barcelona, Nueva York, Amherst (un campo de concentración en Canadá) y finalmente Petrogrado.

Cuando no era sino un niño – estaba por cumplir los doce años – había, a su modo, hecho la transición consciente de la Revolución de Febrero a la de Octubre.[1] [2] Su niñez transcurrió entre altas tensiones. Agregó un año a su edad para poder ingresar más pronto al Komsomol [Juventud Comunista], que en aquel momento hervía con toda la pasión de la juventud que despertaba. Los jóvenes panaderos a quienes él llevaba la propaganda lo solían premiar con un crocante pan blanco y él, feliz, lo llevaba a casa bajo el brazo que se asomaba por la manga raída de su chaqueta. Aquellos eran años fogosos y fríos, de grandeza y de hambre. Para no diferenciarse de los demás, León, por su propia voluntad, abandonó el Kremlin y se fue a compartir el dormitorio de los estudiantes proletarios. No quiso viajar en nuestro automóvil, negándose a hacer uso de este privilegio de los burócratas. Pero sí participaba ardientemente en todos los Sábados Rojos y otras “movilizaciones de trabajo”, barriendo la nieve de las calles de Moscú, “liquidando” el analfabetismo, descargando el pan y la leña de los camiones y, más adelante, como estudiante de ingeniería, reparando las locomotoras. Si no llegó al frente de la guerra fue sólo porque ni siquiera agregarle dos o aun tres años a su edad le hubiese valido de nada, ya que aún no había cumplido los quince años cuando acabó la Guerra Civil. No obstante me acompañó varias veces, recibiendo las poderosas impresiones del frente, con plena conciencia del por qué de esta lucha sangrienta.

Los últimos informes de la prensa hablan de la vida de León Sedov en París “en las condiciones más modestas” (mucho más modestas, permítaseme agregar, que las de un obrero calificado). Incluso en Moscú, en aquellos años en que su padre y su madre ocupaban altos puestos, él vivía en condiciones no mejores, sino peores que las de los últimos años en París. ¿Era acaso ésta la regla entre la juventud de la burocracia? De ningún modo. Aun entonces él era una excepción. En este niño que iba hacia su pubertad y su adolescencia el sentido del deber y la proeza despertó muy temprano.

En 1923 León se lanzó de lleno al trabajo de la Oposición. Sería totalmente erróneo no ver en esto más que la influencia paterna. Después de todo, cuando abandoné el cómodo departamento en el Kremlin para irse a un dormitorio frío, deslucido, donde se pasaba hambre, lo hizo contra nuestra voluntad, a pesar de que no ofrecimos resistencia a esta decisión suya. El mismo instinto que lo obligaba a elegir los ómnibuses atestados de gente antes que los autos de lujo del Kremlin, determinó su orientación política. La plataforma de la Oposición simplemente dio una expresión política a rasgos inherentes a su carácter. León rompió totalmente con aquellos de sus compañeros de estudios a quienes sus padres burócratas arrancaron violentamente del “trotskismo” y se reunió con sus amigos los panaderos. Así, a los 17 años, comenzó su vida totalmente consiente de revolucionario. Pronto comprendió el arte del trabajo conspirativo, las reuniones ilegales y la publicación y distribución secretas de los documentos de la Oposición. Rápidamente el Komsomol desarrolló sus propios cuadros de dirigentes de la Oposición.

León tenía un gran talento para las matemáticas. Nunca se cansaba de ayudar a muchos obreros-estudiantes que jamás habían asistido al colegio secundario. Se dedicó a este trabajo con todas sus energías, alentando, dirigiendo, retando a los haraganes; el joven maestro sentía este trabajo como un servicio a su clase. Sus propios estudios en la Academia Superior Técnica se desarrollaban muy satisfactoriamente. Pero no ocupaban sino una parte de su jornada. La mayor parte de su tiempo, sus fuerzas y su espíritu los dedicaba a la causa de la revolución.

En el invierno de 1927, cuando comenzó la masacre policíaca de la Oposición, León había cumplido los veintidós años. En aquel tiempo le había nacido un hijo, y él lo solía traer orgullosamente al Kremlin para mostrárnoslo. Sin un momento de vacilación, sin embargo, León decidió separarse de sus estudios y de su joven familia para compartir nuestro destino en Asia Central. En esto actuó no sólo como un hijo, sino sobre todo como un compañero de ideas. Era esencial, a cualquier precio, garantizar nuestro contacto con Moscú. Durante este año, su trabajo en Alma Ata fue verdaderamente incomparable. Lo llamábamos nuestro ministro de relaciones exteriores, ministro de policía y ministro de comunicaciones. Y en el cumplimiento de todas estas funciones tuvo que depender de un aparato ilegal. Por encargo del centro de la Oposición en Moscú, el camarada X, muy abnegado y de mucha confianza, consiguió un carruaje y tres caballos y trabajó como cochero independiente entre Alma Ata y la ciudad de Frunze (Pishpek), que en aquel tiempo era la terminal del ferrocarril. Su tarea era hacemos llegar cada dos semanas el correo secreto de Moscú y llevar nuestras cartas y manuscritos de vuelta a Frunze, donde lo esperaba un mensajero de Moscú. Encontrarlo no era cosa fácil. A veces llegaban también correos especiales de Moscú. Nos alojábamos en una casa rodeada por las instituciones de la GPU y los cuarteles de sus agentes. El contacto con el exterior estaba enteramente en las manos de León. Solía salir de casa tarde en las noches lluviosas o cuando nevaba mucho o, eludiendo la vigilancia de los espías, solía esconderse de día en la biblioteca para encontrarse con el mensajero en un baño público o entre los yuyos espesos en las afueras de la ciudad o en la feria oriental, donde los kirghizes se amontonaban con sus caballos, sus burros y sus mercaderías. Siempre volvía entusiasta y feliz, con un brillo conquistador en los ojos y el precioso botín debajo de su ropa. Y así, durante un año, eludió a todos los enemigos. Lo que es más, mantuvo sus relaciones más “correctas”, casi “amistosas” con estos enemigos que eran los “camaradas” de ayer, haciendo gala de un tacto y disciplina extraordinarios, protegiéndonos cuidadosamente de toda molestia exterior.

En aquel tiempo la vida ideológica de la Oposición hervía como una caldera. Era el año del Sexto Congreso Mundial de la Internacional Comunista. Las encomiendas de Moscú llegaban con decenas de cartas, de artículos, de tesis de camaradas conocidos y desconocidos. Durante los primeros mese, antes del brusco cambio de conducta de la GPU, hasta recibimos muchas cartas por el correo oficial desde los diferentes lugares de exilio. Era necesario tamizar cuidadosamente este material tan diverso. Y fue en este trabajo que tuve la oportunidad de darme cuenta, no sin sorpresa, cómo, imperceptiblemente, había crecido este niño, qué bien podía juzgar a la gente (conocía muchos más oposicionistas que yo), hasta qué punto se podía confiar en su instinto revolucionario, que le permitía, sin ninguna vacilación, distinguir lo auténtico de lo falso, la substancia de la apariencia. Los ojos de la madre, la que mejor conocía a nuestro hijo, brillaban de orgullo durante nuestras conversaciones.

Entre abril y octubre recibimos aproximadamente 1.000 cartas y documentos políticos y alrededor de 700 telegramas. Durante este mismo período enviamos 550 telegramas y no menos de 800 cartas políticas, incluso una cantidad de trabajos sustanciosos, tales como la crítica del Proyecto del Programa de la Internacional Comunista, y otros.[2] [3] Sin mi hijo, no podría haber realizado ni siquiera la mitad de este trabajo.

Una colaboración tan íntima, sin embargo, no significa que no hubo entre nosotros disputas, o incluso choques muy fuertes. Ni en aquel momento, ni más tarde, en la emigración, y hay que decirlo sinceramente, tuvieron mis relaciones con León un carácter parejo y plácido. A sus juicios categóricos, que a veces eran irrespetuosos para con los “viejos” de la Oposición, no sólo oponía yo correcciones y reservas categóricas, sino que también tuve para con él esa actitud pedante y exigente que había adquirido en cuestiones prácticas. Debido a esos rasgos, que son tal vez útiles y aun indispensables en el trabajo a gran escala, pero totalmente insoportables en una relación personal, la gente más allegada a mí a menudo tuvo que vérselas feas. Y ya que entre todos los jóvenes el más allegado era mi hijo, fue él quien tuvo que vérselas peor que los demás. A un observador superficia1 hasta le podría haber parecido que nuestra relación estaba impregnada de severidad y alejamiento. Pero debajo de esta superficie palpitaba un profundo cariño mutuo, basado sobre algo inmensamente más fuerte que los vínculos de la sangre: la solidaridad de opiniones y juicios, de simpatías y antipatías, de alegrías y tristezas vividas en común, de las grandes esperanzas que compartíamos. Y este cariño mutuo se encendía a veces como un fogonazo y su calor compensaba mil veces las pequeñas fricciones del trabajo diario.

Y así, a cuatro mil kilómetros de Moscú, a doscientos cincuenta kilómetros del ferrocarril más próximo, pasamos un año difícil e inolvidable que permanece en nuestra memoria bajo el signo de León, o más bien Levik o Levusiatka, como lo solíamos llamar.

En enero de 1929, el Buró Político decidió deportarme de la URSS, y nuestro destino resultó ser Turquía. Se les otorgó a los miembros de mi familia el derecho de acompañarme. Y otra vez, sin vacilar, León decidió compartir el exilio, separándose para siempre de su mujer y del niño a quienes amaba tanto.

Se abría un nuevo capítulo en nuestras vidas y sus primeras hojas estaban casi en blanco. Había que buscar nuevos contactos, nuevos conocidos, nuevos amigos. Y una vez más nuestro hijo lo fue todo para nosotros: nuestro vínculo con el mundo exterior, nuestro guardián, nuestro colaborador y secretario, como en Alma Ata, pero en una escala incomparablemente más amplia. En el tumulto de los años revolucionarios se había olvidado casi por completo de los idiomas extranjeros con los que se había familiarizado en su infancia más que con el ruso. Se le hizo necesario aprenderlos de nuevo. Comenzó nuestro trabajo literario conjunto. Mis archivos y mi biblioteca estaban totalmente en manos de León. Conocía profundamente las obras de Marx, Engels y Lenin. Estaba muy al tanto de mis libros y manuscritos, de la historia del Partido y de la Revolución y de la historia de la falsificación termidoriana. En el caos de la biblioteca pública de Alma Ata ya había estudiado los archivos de Pravda de la época de los Soviets, y reunido con infalible ingenio las citas y referencias necesarias. Ni una sola de mis obras de los últimos diez años hubiera sido posible sin este material precioso y sin las investigaciones que León realizaba en los archivos y en las bibliotecas, primero en Turquía, más tarde en Berlín y finalmente en París. Me refiero de un modo especial a la Historia de la Revolución Rusa . Aunque cuantitativamente importante, su colaboración no fue de ningún modo de carácter “técnico”. Su selección independiente de hechos, citas, caracterizaciones, frecuentemente determinaba tanto el método como las conclusiones de mi presentación. La revolución traicionada contiene muchas páginas que yo escribí basándome en varias líneas de las cartas de mi hijo y en las citas de los periódicos soviéticos que él me enviaba y que no me eran accesibles. Me suministró aun más material para la biografía de Lenin. Este tipo de colaboración sólo fue posible porque nuestra solidaridad ideológica se había hecha carne en nosotros. El nombre de mi hijo, con justo derecho, debe ir al lado del mío en casi todos los libros que escribí a partir de 1928.

Cuando todavía estaba en Moscú le faltaba un año y medio para completar su curso de ingeniería. Su madre y yo insistimos en que volviera a sus estudios abandonados mientras estábamos en el extranjero. Mientras tanto, en Prinkipo se había formado con éxito un nuevo grupo de colaboradores íntimamente relacionados con mi hijo. León aceptó marcharse sólo por una razón de peso: que en Alemania podría prestar a la Oposición Internacional de Izquierda servicios valiosísimos. A la vez que recomenzaba sus estudios científicos en Berlín, León se lanzaba de lleno a la actividad revolucionaria. Pronto se convirtió en el representante de la sección rusa en el Secretariado Internacional. Las cartas que en aquella época nos escribía a su madre y a mí demuestran con qué rapidez se había aclimatado a la atmósfera política de Alemania y de Europa occidental, qué bien juzgaba a la gente y medía las diferencias y los innumerables conflictos de aquel primer período de nuestro movimiento. Su instinto revolucionario, enriquecido ya por una experiencia seria, le permitía casi siempre hallar por su cuenta el camino correcto. ¡Cuántas veces nos alegramos cuando, al abrir una carta que acababa de llegar, encontrábamos en ellas las mismas ideas y conclusiones a las que yo acababa de dedicar mi atención! ¡Y qué felicidad profunda y serena la suya cuando encontraba tal coincidencia de ideas! La colección de las cartas de León constituirá, sin duda una de las fuentes más valiosas para el estudio de la prehistoria interna de la Cuarta Internacional.

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