COLOMBIA, ADIÓS A LAS ARMAS

COLOMBIA, ADIÓS A LAS ARMAS

Gerardo Edmundo Viloria Varela
En Voz Alta
29-6-2016

Tras un arduo trabajo llevado a cabo por los países involucrados y los servicios de inteligencia, el pasado jueves 23, el presidente de Colombia, JUAN MANUEL SANTOS, llevando consigo como sustento la frase “Rumbo a La Habana a silenciar para siempre los fusiles. #SíALaPaz”, viajó a la capital cubana para firmar ahí –con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)- el pacto del cese al fuego bilateral por más de medio siglo.

El acuerdo contempla el fin a esos más de 50 años de terror, odio y muerte, de combates entre uno y otro, la entrega de armas a representantes de la ONU, garantías de seguridad para los desarmados y la forma de refrendación de los acuerdos de paz.

Sobre este capítulo, el más negro, el cese el fuego bilateral, ambas partes convinieron elaborar una hoja de ruta que contenga los compromisos mutuos para que en un plazo máximo de 180 días –a partir del convenio inicial de paz- termine el proceso de dimisión de armas.

De esta forma se sella el firme sentimiento de esperanza colectivo: que la concordia con grupos paramilitares sea punto de distensión para la sociedad y la política del país latinoamericano.

Sobre este acuerdo de paz, podemos señalar que es el cruce histórico de dos intereses.

Uno, el propio logro del Estado colombiano de tener presencia y llevar el progreso a la Colombia rural, profunda y violenta. El otro, fruto mismo de las FARC, consistente en dejar las armas y pasar a la lucha política, después de medio siglo de reyerta armada.

Este conflicto ha sido el enfrentamiento armado más longevo de América Latina, mismo que llega a su fin con un saldo de seis millones de desplazados, más de 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos.

Al presente, el proceso de negociación ha concluido con el convenio de paz. Entre tanto, la construcción de una nueva era para esa nación está en marcha, pero los retos para que el país sudamericano siga avanzando son enormes.

Comienza la tarea de reducir la esencia que generó el conflicto hace 50 años: la concentración de la riqueza en manos de unos pocos, la profunda asimetría de las desigualdades sociales entre la Colombia sofisticada y la Colombia precaria, las persecuciones ideológicas, corrupción y fragilidad del Estado colombiano.

El primer gran desafío para el gobierno colombiano será la inclusión política.

El otro, vincular al Ejército de Liberación Nacional (ELN) y, posteriormente, pacificar los lugares donde la insurgencia, el paramilitarismo (Autodefensas Unidas de Colombia) y la criminalidad (Bandas criminales: Bancrim, distribuidores de droga con apoyo de la CIA; dato probado judicialmente) se convirtieron, por ausencia o debilidad del Estado, en tareas bastante reconocidas, admiradas y remuneradas.

Hoy en día, vale resaltar que en este proceso ni las FARC ni el Estado son fuerzas vencidas de una confrontación, llegan a la paz sin que ninguna de las partes se reconozca como derrotada.

Al respecto, antes de dirigirse a los presentes en el salón de la isla caribeña, el presidente SANTOS se acercó a TIMOCHENKO, le entregó un bolígrafo hecho con una bala calibre .50 y le dijo: “Las balas escribieron nuestro pasado, la educación escribirá nuestro futuro”.

En conclusión, el paradigma colombiano queda como ejemplo para el mundo que cuando se excluye la soberbia, hay diálogo y acuerdos, la concordia y la paz, sin duda, se pueden alcanzar.

El mito que esto no era posible ha muerto.

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